Emiliano Paniagua, gorra verde de publicidad, ropa de
trabajo, paso apresurado para guarecerse del frío, responde con otra pregunta a
la cuestión que desde la noche de las elecciones todo el mundo se hace en Talayuela,
un pueblo de 7.300 habitantes al norte de Caceres.
–¿Por qué Vox obtuvo aquí un 34% de votos, el mayor porcentaje de toda provincia?
–Mire el padrón y ahí tendrá la respuesta.
¿Usted cree entonces que es por el número de inmigrantes [un 27% del
censo]? -Yo solo puedo decirle que nací aquí y que
ahora en mi barrio soy el único extranjero: todos los demás son marroquíes.
Ángela, que trabaja "en la dependencia, o sea,
cuidando a personas mayores", cuenta que nació en Talayuela y que de aquí
no se ha movido nunca y que por eso sabe de qué pie cojea cada uno.
"Muchas de las críticas son injustas", explica, "porque ahora
nos quejamos de que estén aquí recogiendo el tabaco o los espárragos, pero nos
olvidamos de que muchos de ellos vinieron hace 15 o 20 años precisamente porque
ningún español quería ir al campo. Los de aquí se conformaban con las peonadas
justas para cobrar el paro rural o se iban a Madrid a trabajar en la
construcción". Ángela
reconoce que no hay inseguridad en Talayuela ni otro problema grave que achacar
a los inmigrantes pero sí comparte la sospecha generalizada de que, de alguna
forma, se llevan buena parte de las subvenciones. “Y con los 400 euros que les
dan”, explica, “ellos viven perfectamente y nosotros no. ¿Por qué? No sé, por
su forma de vida, o tal vez porque se ayudan entre ellos. Y porque compraron
las casas que estaban destruidas y las fueron reformando con las ayudas de la
Junta.
En el Ayuntamiento de Talayuela cuelgan
la lista de admitidos para un curso remunerado de técnicas forestales. Los
vecinos, españoles y extranjeros, se acercan y pegan el rostro al cristal para
ver si han tenido suerte. Dos concejalas comentan de manera informal los buenos
resultados de Vox en el pueblo. “Ha sido una sorpresa”, reconoce una de ellas,
“porque en las municipales del pasado mes de mayo al candidato de Vox a la
alcaldía lo votó su familia, y no toda La otra repite a cada rato una especie de
jaculatoria: “Es que Facebook tiene mucho peligro”. El incendio continuo de las
redes –las acusaciones falsas, el bulo del favoritismo en las subvenciones, la
incitación a la desconfianza y el discurso del miedo y hasta del odio a los
extranjeros– no se corresponde en absoluto con la vida diaria del pueblo. No
hay rejas en las ventanas y la ropa está puesta a secar en las fachadas. Los
marroquíes van y vienen tranquilamente de la mezquita, situada, frente a la
casa de un vecino que los observa tranquilo desde la puerta de su parcela: “Los
hombres entran al culto por aquí, y las mujeres por la calle de atrás. Es
verdad que esto está atascado siempre de marroquíes, pero no se meten con nadie
ni dan problemas. Si acaso algunos jóvenes, ya sabe usted, que venden cosas que
no tendrían que vender...”.
Una concejala explica que, aunque el padrón diga
que los inmigrantes censados son ya el 27% de la población, en las escuelas ya
suponen el 50% de los alumnos, pero que por el momento eso no crea ningún
problema: “No hay más absentismo escolar que si todos fueran de aquí. Las
madres marroquíes están igual de pendientes de sus hijos pequeños que las
españolas.”.
Otra cosa es cuando los hijos se van
haciendo mayores. José Manuel Balsera no es de Talayuela ni ha votado a Vox, pero trabaja
en el juzgado de paz, un observatorio privilegiado de lo que
ocurre en el pueblo y no se ve a simple vista. No duda en atribuir los
resultados de Vox al alto número de inmigrantes. “La gente los ve por la calle
paseando o parados en una esquina a pleno día”, explica, “y da la impresión de
que no trabajan, pero es que son jornaleros, temporeros, o se han levantado de
madrugada y ya han terminado su jornada”. Balsera dice que los marroquíes
“viven asustados”. Y lo explica: “Siempre están pendientes de tener los papeles
en regla, de que no caduquen, y en cuanto tienen un niño, a los dos días, ya
quieren sacarle el DNI al crío. A ellos les da seguridad”. El joven
empleado del juzgado de paz explica que, dentro de la población inmigrante, hay
dos situaciones diferentes: “La de los padres, que han venido a trabajar y
viven pendientes de sacar a su familia adelante, y la de los hijos a partir de
la adolescencia, que sienten en sus carnes la falta de identidad. No se sienten
ni marroquíes ni españoles. No les gusta España, pero tampoco contemplan ya el
regreso al país de sus padres. De ahí que algunos, como señal de rebeldía,
empiecen a tener problemas con la justicia: peleas entre ellos, pequeños
hurtos, consumo o trapicheo… Eso hace que sus padres vivan en un continuo
sinvivir. A veces tienen que venir al juzgado porque sus hijos no se han
presentado a una citación y explican que se han marchado de casa y que no saben
dónde están…”.
En el Gran Café Mirabel, un pequeño bar
justo enfrente del Ayuntamiento, no suelen entrar inmigrantes. En la barra, un
padre de unos 50 años y un hijo de 30 comparten un par de botellines de cerveza
y una tapa de callos. Dicen que no han votado a Vox, pero su discurso es
idéntico al de Santiago Abascal. Un lugar común detrás de otro hasta formar una
fila interminable de acusaciones falsas y miedos injustificados. “Mírelos”,
dice el hijo, “ya regresan de la mezquita, cada día son más. Terminarán por
echarnos…”. Es curioso, pero cuando describen a los inmigrantes, con esa
especie de recelo que conduce al rechazo, parece que estuvieran revelando la
fotografía en sepia que de sus propios abuelos hubiesen podido hacer medio
siglo atrás: familiares, solidarios, creyentes, ahorradores, varados muchos de
ellos en la encrucijada de la emigración
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