Los solicitantes de asilo viven con el temor constante a ser detenidos e
incluso deportados, y eso les empuja la clandestinidad. Una cooperante relata
sus condiciones de vida
En Malasia hay 177.690 refugiados y solicitantes de asilo
registrados, de los cuales la gran mayoría provienen de Myanmar. De todos
ellos, los rohingyas representan aproximadamente el 60%, lo que les convierte
en el grupo de refugiados más grande del país. Beatrice Lau, coordinadora
general de Médicos Sin Fronteras en Malasia, explica las precarias condiciones
de vida en las que ha encontrado a este colectivo durante su trabajo en el país
asiático.
Los rohingya llevan huyendo a Malasia desde los años noventa del
siglo pasado, tratando de dejar atrás la discriminación y la persecución a la
que están sometidos en su estado natal de Rakhine. Esta ruta por tanto no es
nueva, pero con casi un millón de refugiados rohingya hacinados en condiciones
miserables desde hace dos años en Bangladés, cada vez son más las personas que
tratan de encontrar una opción de futuro en este otro país.
Para llegar a Malasia, los refugiados se ponen en manos de
traficantes sin escrúpulos que les obligan a cruzar el mar en precarias
embarcaciones y que no dudan en extorsionarles y en golpearles hasta la muerte
con el fin de obtener más dinero de sus familias.
Si bien el entorno urbano en Malasia ofrece a los refugiados y
solicitantes de asilo cierto anonimato, lo cierto es que a los rohingyas que
llegan allí no les espera un panorama fácil. Al igual que muchos otros países
de la región, Malasia no ha ratificado la Convención de la ONU sobre los
Refugiados de 1951, lo que significa que los solicitantes de asilo y los
refugiados están efectivamente criminalizados por la ley nacional. Viven con el temor constante a ser detenidos e incluso deportados, y eso
les empuja a la clandestinidad. La mayoría apenas sale de los lugares donde se
ocultan, ni siquiera cuando tienen que acudir en busca de atención médica de
urgencia. Tienen miedo de que el personal de los hospitales informe de su
paradero a los servicios de inmigración y no se fían de nadie.
·
Para sobrevivir, muchos refugiados se
ven obligados a recurrir a trabajos informales dentro del sector de la construcción
o de la agricultura en los que no cuentan con ningún tipo de protección legal y
donde llevan a cabo labores peligrosísimas Sufren explotación y extorsiones y
reciben salarios ínfimos. Además, las condiciones de seguridad en las que
desempeñan estos trabajos son inexistentes, por lo que los accidentes laborales
están a la orden del día. Están atrapados en un círculo vicioso del que les
resulta muy difícil escapar y al final lo pagan con su salud física y mental. A
veces hasta con su propia vida.
Kairul tiene 50 años y trabajaba en la
construcción. Era carpintero y no tuvo demasiadas dificultades para encontrar
trabajo. Pero en mayo de 2017 cayó desde una altura de dos pisos. No llevaba
puesto el casco. En el hospital le diagnosticaron una lesión en la cabeza con
hemorragia interna. Le operaron de urgencia y fue dado de alta 11 días después.
Su recuperación parecía estar yendo bien hasta que sus facultades se
deterioraron tres meses después
Ahora Kairul ya no puede hablar ni
reconocer a nadie. No puede moverse, comer, ir al baño o vestirse. Su esposa
Habiayah lo cuida todo el día. Como la pareja ya no tiene ingresos, se
encuentra en una situación económica muy difícil. Comparten una pequeña casa
con otras tres familias que los ayudan tanto como pueden, pero Habiayah
comienza a sentirse cada vez más angustiada. A ella le gustaría llevar a su
esposo a la clínica, pero el transporte es demasiado costoso y su esposo no
puede viajar. Tienen un hijo de 20 años que podría ayudarlos económicamente,
pero actualmente se encuentra en un campo de refugiados en Cox’s Bazar. Sin
dinero, es imposible para él llegar a Malasia.
. En MSF prestamos servicios médicos a
muchas personas como ellos y hemos puesto en marcha varios programas
especializados en salud mental, pero tanto en Bangladés como en Malasia, los rohingyas
nos dicen que se sienten atrapados en el tiempo, incapaces de pensar en nada
que vaya más allá de la simple supervivencia diaria o de la lucha por su
identidad.
Algunos sueñan con regresar a casa,
otros dicen que no se atreverían a volver jamás, pero todos cuentan que a día
de hoy no ven ninguna posibilidad de futuro allí. 

Un hombre rohingya recoge cartón y
plástico en el mercado Pasar Baur, Kuala Lumpur. El mercado se encuentra en el suburbio de Kuala Lumpur, donde
muchos rohingya recolectan desechos todos los días. Todo lo que recolecte será vendido por kilo. Muchos rohingya viven o
trabajan en el mercado, en empleos informales y mal pagados para enviar dinero
a sus familias en Myanmar o en los campos de refugiados en Bangladés
El alcance de la crisis de los rohingya
ha adquirido una perspectiva regional que los países implicados deberían
abordar desde un enfoque inclusivo, teniendo en cuenta las diferentes aristas
del problema y enfrentándose a la cuestión desde una posición fuerte y
conjunta.
La solución pasa por darles facilidades
para integrarse en sus sociedades, ofreciéndoles una oportunidad de futuro, y
presionando al mismo tiempo a Myanmar para que ponga fin a la violencia, a la
discriminación y a la persecución que ha acabado con dos tercios de los
rohingya de Myanmar exiliados en los países vecinos. De no hacer ambas cosas,
esta tragedia continuará..